Pautas para la Homilía del 8 de marzo de 2026 – La mujer samaritana
La Cuaresma normalmente la relacionamos con el desierto, el ayuno y el silencio. Sin embargo, las lecturas de este domingo nos muestran cómo este tiempo de preparación para la Pascua también nos habla de manantiales inesperados; el Evangelio nos regala uno de los encuentros más íntimos y más revolucionarios de Jesús: su diálogo con la mujer samaritana en el pozo.
Un encuentro que rompe todas las normas: Jesús se detiene, habla, escucha y revela …Y lo hace con una mujer.
Con una mujer extranjera, despreciada por su pueblo, señalada por su historia afectiva. Con una mujer que carga no solo su cántaro, sino el peso del juicio social.
Hoy nos preguntamos:
¿Quiénes son nuestras samaritanas?
¿Quiénes son hoy las mujeres que cargan el cántaro del estigma?
Es la mujer divorciada que en la comunidad todavía es mirada con sospecha.
Es la mujer que ha tenido varias parejas y es reducida a los prejuicios sobre su pasado.
Es la mujer migrante que limpia casas ajenas mientras la llaman “ilegal”.
Es la mujer indígena que lucha por cuidar el agua, cuya palabra sigue siendo interrumpida e invalidada.
Es la joven que decidió no casarse ni tener hijos y por eso es considerada incompleta.
Es la teóloga que estudió, oró, investigó… pero no puede predicar en el altar, la mujer evangelizadora a quien se desacredita por el hecho de ser mujer
La samaritana no tiene nombre en el Evangelio y eso no es casualidad, porque podría ser cualquiera, podrían ser todas.
Jesús se sienta junto al pozo, está cansado, tiene sed y le pide agua a la samaritana, se muestra vulnerable ante ella.
Jesús rompe el silencio impuesto por siglos de enemistad entre pueblos y por siglos de patriarcado religioso.
Porque un rabino, un maestro judío, no hablaba en público con una mujer y menos con una samaritana, los judíos no se tratan con los samaritanos, Jesús es consciente del propio contexto, reconoce como actúan los varones de su cultura y por esto se deja interpelar por ella: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» No se enoja por esta pregunta, la comprende y responde con ternura: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
Pero Jesús no solo le habla.
Teologiza con ella.
Ella habla sin reverencias y argumenta… «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob»
Jesús no se siente agraviado, ni le molesta ser cuestionado, Él está dispuesto a conversar horizontalmente y explica con paciencia y respeto: …el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed…
Ella debate: “¿Dónde se debe adorar?”
Ella dialoga sobre el Mesías.
Ella sostiene una conversación profunda sobre la verdad y el Espíritu.
Y Jesús le revela algo que a casi nadie había dicho tan claramente: “Yo soy.”
La primera evangelizadora del cuarto Evangelio no es Pedro, no es Juan, no es un sacerdote del templo.
Es una mujer.
Una mujer que, después del encuentro, deja su cántaro, ese cántaro que llevaba a cuestas día tras día en la hora sexta, asfixiada por el calor del sol abrasador del medio día para no encontrarse con nadie, el cántaro que debía llenar y llevarlo a casa sola y cansada, ella deja el símbolo de su pesada carga, al dejar el cántaro tirado en el suelo ella suelta al fin todo aquello que la ataba al juicio de otros y otras. Y corre al pueblo.
Corre, no para esconderse, sino para anunciar. “Vengan a ver…”
Ella predica, pero no desde el poder.
No tiene títulos ni prestigio
No tiene autorización institucional y menos “autoridad religiosa”.
Pero tiene experiencia, la vivencia del encuentro verdadero y eso basta.
Hoy, 8 de marzo, el Evangelio nos pregunta:
¿Seguimos enviando a las mujeres por agua mientras los hombres ocupan los espacios sagrados?
¿Seguimos desconfiando de su palabra teológica? ¿de su anuncio?
¿Seguimos reduciendo su identidad a la historia de su vida afectiva?
La samaritana nos enseña que el encuentro con Cristo no domestica a las mujeres; las libera.
No las silencia; las envía.
No las avergüenza; las convierte en sujetas de anuncio.
Jesús no le dice: “Arrepiéntete y vuelve a casa en silencio.”
Jesús la reconoce como interlocutora válida del Reino.
Y algo más: Jesús no la salva sacándola del pueblo, la salva devolviéndole la voz y la credibilidad dentro de su comunidad.
Porque la salvación no es huida ¡es dignificación!
Hoy necesitamos iglesias que se sienten junto al pozo, no que se encierren en el templo.
Necesitamos comunidades donde las mujeres puedan hablar de teología sin que su vida privada sea usada para desacreditarlas.
Necesitamos reconocer que muchas de nuestras parroquias viven gracias al liderazgo silencioso —y a veces explotado— de mujeres que organizan, limpian, enseñan, visitan, sostienen, anuncian, evangelizan. Y aun así, siguen sin decidir.
La samaritana se empodera y deja el cántaro. ¿Qué cántaros necesitamos dejar hoy?
El cántaro del clericalismo.
El cántaro del machismo espiritualizado.
El cántaro de la obediencia sin voz.
El cántaro de la culpa heredada.
El Evangelio de hoy es una escena de sororidad divina; Jesús se alía con una mujer para transformar un pueblo entero. Porque cuando una mujer se encuentra con el Dios que no la juzga, sino que la reconoce, se vuelve imparable.
Hoy, en este 8 de marzo, no celebramos solo los logros de las mujeres.
Denunciamos también las violencias que siguen atravesando sus cuerpos y sus vidas.
Y proclamamos que el Dios del pozo sigue pidiendo agua a las samaritanas de hoy, sigue confiando en su palabra, sigue enviándolas como anunciadoras.
Que nuestra Iglesia no tenga miedo de beber del agua que las mujeres ofrecen.
Que no tenga miedo de escucharlas.
Que no tenga miedo de cambiar.
Porque el Reino de Dios comenzó, aquel día, al mediodía, en un pozo… cuando una mujer tomó la palabra.
Sugerencias para las peticiones de la Oración Universal:
Te pedimos por la igualdad de género, el cese de la violencia, el empoderamiento y el reconocimiento de los derechos fundamentales de las mujeres.
Te pedimos por la dignidad, seguridad, justicia laboral y el valor de las mujeres en la sociedad.
Te pedimos por lograr eliminar la brecha salarial y de género, reconociendo a hombres y mujeres como socios iguales.
Te pedimos por el fin de la violencia de género, por el fin del abuso y la violencia doméstica, trata y feminicidios, te clamamos por seguridad.
Te pedimos por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, que son derechos humanos y por la exigencia de su cumplimiento mundial.
Te pedimos por el empoderamiento y reconocimiento de las mujeres: que tengan voz, oportunidades y fuerza para ser ellas mismas y líderes en sus comunidades.
Te pedimos por el reconocimiento del trabajo diario de las mujeres, tanto en el hogar como en el ámbito laboral y profesional.
Te pedimos por educación y libertad: por el acceso igualitario a la educación y la libertad de decidir sobre sus propias vidas.
Te pedimos por apoyo y solidaridad hacia las mujeres vulnerables: consuelo y ayuda para mujeres que viven con miedo, pobreza, o que son víctimas de guerra y conflicto.
Te pedimos por la Unidad: para lograr fomentar la sororidad y unidad entre mujeres para luchar juntas contra la discriminación.
Te pedimos por la salud y el cuidado: tanto por la salud física y mental, así como fortaleza y bienestar, en especial por las madres cabeza de familia.
Este material fue trabajado por el equipo de SOMICLA en colaboración con el Equipo REBICLAR
Esperamos que pueda ser utilizado en las Celebraciones del día domingo 8 de marzo del presente.