El evangelio de Mateo está atravesado de textos del Antiguo Testamento. El mandato de Jesús a sus discípulos para que preparen esa borrica y el pollino muestra claramente que se está cumpliendo la profecía de Zacarías, que en su capítulo 9 dice: “¡Alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna”. Las mismas aclamaciones de la gente son palabras del Salmo 118, que dice: “Ordenad una procesión con ramos.
Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Bendito el que viene en nombre del Señor”. Queda así claro que Jesús está cumpliendo lo anunciado en el Antiguo Testamento, que Jesús es el Mesías anunciado por los profetas, el Cristo, el enviado de Dios. La multitud, nos dice el evangelio, alfombró el camino con sus mantos. Algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
Frente a los judíos y los propios discípulos, que esperaban un mesías que se impusiera con mano fuerte, Jesús manifiesta, primero, que lo suyo es la humildad y la paz, no la vanidad, ni la espada, ni la guerra; y segundo, que su triunfo, su gloria, ha de pasar por su muerte en la cruz.
