La vuelta a la vida de Lázaro es el último de los siete signos narrados en la primera parte del evangelio de Juan. En esta obra cumbre Jesús se revela como vencedor de la muerte y adelanta así su propia Pascua.
Con la resurrección de Lázaro, que significa, el que Dios ayuda, culmina un proceso en el que Jesús se ha ido dando a conocer a través de sus “signos”.
Este pasaje es sacado del libro de los signos. Todo en los textos es muy simbólico, no hay que leerlo literalmente, la narración tiene un mensaje y una intencionalidad. Los signos anteriores han venido anunciando este último.
Sacando a su amigo del sepulcro, Jesús se acredita como Señor de la vida, una revelación ya preparada desde el prólogo (Jn 1, 4).
Tras una introducción en la que dialoga con sus discípulos, Jesús se encuentra con Marta y con María.
Juan es el único evangelista que presenta a Lázaro, Marta y María como hermanos y vecinos de Betania, una aldea próxima a Jerusalén. Los tres pertenecen al grupo de los discípulos y son amigos íntimos de Jesús.
La acción comienza cuando a éste le llega la noticia de que Lázaro está enfermo. En principio, resulta extraño que el maestro no vaya a curarle inmediatamente y lo haga solo cuando ya ha fallecido.
En este último signo queda aún más patente que la finalidad de todos ellos es “manifestar la Gloria de Dios”, a través de la cual se da a conocer también la de su Hijo (v. 4).
A esta revelación del Padre, que muestra su rostro a través de la persona y las obras de Jesús, han de responder sus seguidores con una fe cada vez más plena.
Marta y María reciben al maestro con idénticas palabras. En ellas se lamenta su tardanza y se refleja una confianza más bien limitada en el poder de Jesús.
De él se esperaba que curase a Lázaro, pero no que le devolviera la vida. Se trata de una fe que aún debe crecer. Y será a partir de ahí desde donde comenzará un camino de maduración creyente guiado por Jesús.
En efecto, cuando Jesús le habla a Marta de resurrección, ella piensa, a la manera judía, en algo que sucederá “al final de los tiempos”.
El maestro, en cambio, le invita a ir más allá, a superar los conceptos aprendidos para centrarse en su persona. Al revelar que él mismo es “la resurrección y la vida” afirma que la vida eterna prometida no es sólo una esperanza para el futuro, sino una realidad ya presente y actuante en todo aquel que cree en Él.
Y es ahí donde la fe inmadura de Marta, que personifica aquí la de todos los discípulos, se encuentra ante un desafío, por eso la pregunta ¿Crees esto? Su respuesta contiene la más completa confesión de fe que ningún personaje del evangelio ha pronunciado hasta ahora.
La respuesta que Jesús da a Marta cuando ésta se opone a que la piedra del sepulcro sea retirada y la oración que formula luego en voz alta vuelven a insistir en la finalidad de lo que va a hacer a continuación: mostrar la Gloria de Dios y suscitar la fe en él como enviado del padre.
Lázaro, como el ciego y la samaritana, son figuras representativas a través de las cuales se muestra lo que le ocurre a todo discípulo o discípula cuando cree en Jesús.
No ha de esperar “al final de los tiempos” para ver la resurrección, sí no que ya ahora comienza a experimentar la vida nueva que viene de Él.
Ante el signo de Jesús hay reacciones diferentes, la persona de Jesús no deja a nadie indiferente. Unos lo aceptan como enviado de Dios y le responden con fe; otros lo rechazan violentamente, a pesar de haber visto sus obras. Paradójicamente, el signo en el que Jesús se ha revelado como dador de vida provocará su propia muerte.
La vida nueva que Jesús nos ofrece nos identifica con Él y nos compromete a vivir ya como resucitados. Si nuestra fe es madura, no podemos esperar al final de los tiempos para mostrar que la Pascua de Cristo nos ha sacado de nuestras tumbas y nos ha liberado del poder de la muerte. Somos signos vivos de la presencia de Dios en el mundo para transformar toda injusticia.
